LOS CÁTAROS

El Catarismo no es solamente el movimiento histórico que una vez tuvo lugar en el pasado. Tampoco tiene nada que ver con las diferentes confesiones religiosas. 

Es un modo de vida, una forma de ser y una forma de concebir el mundo y convivir en él.

Los cátaros constituyeron una civilización única cuya base estaba formada por la certeza absoluta de que la divinidad reside en el interior del hombre, de que el hombre es bueno, de que el hombre es el mayor valor de la Tierra. Esta certeza, que compartían muchas civilizaciones del pasado, tiene bases y raíces históricas, pero su resolución está en el presente y en el futuro. 

El catarismo no contempla  solamente el movimiento espiritual de la Europa occidental medieval que cayó bajo los golpes de las cruzadas y la Inquisición, sino que es comprendido como la espiritualidad del amor puro y la libertad plena, dirigida a la Divinidad celeste, que eleva el alma hasta la dignidad divina. 

Esta espiritualidad es ajena al dogmatismo y al espíritu de la rutina ritualista. Abre el potencial de la ascensión espiritual, que permite superar los límites de la existencia tridimensional y alcanzar la vida auténtica.

Los cátaros compartían sus bienes, vivían con humildad y sencillez, servían al prójimo, acogían a todo el mundo, alimentaban al necesitado, daban trabajo en sus talleres artesanales, consolaban y cuidaban a los enfermos... 

Vivían según los estatutos del univérsum, la bondad extralimitada, la pureza perfecta, el amor sagrado, la paz eternala sabiduría superante, y la defensa de la verdad; de ahí que fueran un pueblo pacífico que encontró millones de seguidores por todo el mundo. Más de 50 millones de cátaros se extendieron por España y toda Europa.

En todos aquellos lugares donde floreció el catarismo las personas vivían en sociedades adelantadas a su tiempo, con una prosperidad material y espiritual que no conocían sociedades feudales vecinas. 

Debido a esta maravillosa y creciente forma de vida el poder existente vio tambalear sus cimientos y llevó a cabo la cruzada contra ellos por iniciativa del papa Inocencio II con el apoyo de la dinastía francesa de los Capetos.

Algo muy importante en lo que la historia tradicional no suele profundizar fue la fuerza y el desarrollo con que se dio el catarismo en España, sobretodo en Cataluña. Allí vivieron los últimos perfectos cátaros, como Guillem de Bélibaste, que fue quemado en la hoguera en el castillo de Villerouge-Termenés en el año 1321. Antes de morir formuló su famosa predicción:  


Dentro de setecientos años el laurel reverdecerá

El laurel era el símbolo sagrado del puro amor. Cuando los inquisidores ejecutaban a los cátaros, los mártires decían: El laurel se ha marchitado. El puro amor se apagaAun así tenían la certeza de que un día el laurel reverdecería.

De los cátaros, en realidad, no quedó nada. Fue borrada su misma memoria. En las hogueras de la Inquisición murieron todos los que simpatizaban con ellos. Aparentemente sufrieron una derrota, pero espiritualmente vencieron. La Inquisición no consiguió doblegar su voluntad, ni su espíritu de amor a la libertad.

La mayoría de las memorias y crónicas históricas sobre los cátaros están terriblemente tergiversadas. Los inquisidores han conseguido imponer una visión falsa, negativa (de herejía o sectarismo) sobre ellos.

El término cátaros (cuyo significado griego es puros) fue asignado por la propia Inquisición. Ellos no se nombraban a sí mismos de ninguna manera, eran sencillamente conocidos como los buenos hombres (els bons homes). 

La base de su práctica era la catarsis: la completa y profunda purificación o limpieza del hombre, hasta hacerse un ser absolutamente feliz y libre

Afirmaban que el hombre cambiará sin violencia, únicamente con la fuerza del puro amor nombrado Minné (palabra sagrada eliminada de los diccionarios).

Trataban a la Divinidad y al hombre con la misma veneración. Negaban el juicio final y la doctrina de la represalia de ultratumba por los pecados. 

Enseñaban que en un origen las almas provienen del Padre del Puro Amor, infinitamente bondadoso y misericordioso, y que a diferencia de la visión unívoca de un "Dios Único y Todopoderoso", el Padre del Puro Amor se ha manifestado en miles de nombres e imágenes en diferentes culturas (como Padre Sol, Gran Padre, Ra solar, Ahura Mazda, Visheni, etc.). No creían en el Dios distante, que juzga y castiga, persigue o manda al infierno. 

Desenmascaraban a sus oponentes, los inquisidores romanos, diciendo que su fe era maliciosa y que su religión estaba basada en el miedo. Y el miedo, según los cátaros, excluye el amor


En cualquier época, encontrándose bajo opresión, ha existido la rama de la espiritualidad auténtica, aquella que poseía el conocimiento ilustrado del semblante verdadero del AMOR. 

A lo largo de los tiempor, la Sabiduría ha permanecido siempre como guardiana de las leyes y estatutos del univérsum. Gracias a los defensores de este tesoro universal, pese a todo, ha sobrevivido la auténtica espiritualidad

Podemos oír perfectamente el eco de su voz en los arquetipos originales de los pueblos y culturas grabados en leyendas y poemas. Así fue en la Babilonia antigua, en Egipto y en la Atlántida legendaria, que dejaron una memoria en la cultura de la Hélade. Así fue en la vida de Buda, de Zoroastro, de Mahoma, de Maní y del mismo Cristo. Y, por mucho que posteriormente se intentó mezclar sus enseñanzas, la espiritualidad auténtica y arquetípica continuó su gran lucha.

Esta espiritualidad no tiene nada que ver con las instituciones religiosas que se han formado históricamente (el catolicismo romano, la ortodoxia oriental del rito bizantino, el islam fundamentalista, ni tan siquiera las actuales espiritualidades de la new age/nueva era). 

Su origen es más antiguo que esta civilización actual, está más allá del tiempo y de su espacio. Su origen es la galaxia del sol de Minné en el Cenit, el verdadero origen de cada alma, un origen donde no existía ni muerte, ni enfermedad, ni sufrimiento de ningún tipo; un origen donde solo existía PURO AMOR. De aquí viene la espiritualidad auténtica, la de los cátaros y los indígenas, los egipcios y los bogomilos... y la de los siete mil millones de habitantes de esta Tierra.

Los cátaros hicieron una grandísima contribución a la cultura europea, cimentaron las bases de sus logros más eminentes: Ramón Llull, Leonardo da Vinci, Miguel de Cervantes, Shakespeare, Voltaire o Beethoven son algunos de los representantes más brillantes del catarismo espiritual.

El catarismo influyó sobremanera en los procesos democráticos, tanto en Europa como en el resto del mundo. Fueron los cátaros quienes alzaron el lema de ‘
libertad, igualdad y fraternidad’ como base de una civilización próspera. 

La Libertad se percibe como la liberación de la influencia y poder del mal en el interior del ser humano y el exterior. La Igualdad es un importantísimo don; considerar iguales a todos los hijos e hijas de todo el mundo. La Fraternidad es un maravilloso y magnífico diálogo de amor donde cada individuo se considera hermano en una gran familia universal. El Amor es esencial; el amor sincero, desinteresado. Se trata del amor que proporciona al alma una alegría inigualable a ninguna otra antes experimentada.

Así pues, los cátaros son un soplo de aire fresco que abre las puertas hacia un nuevo mundo, un mundo capaz de volver a sus hermosos orígenes gracias a la recuperación de los valores arquetípicos olvidados pero inherentes al ser humano.

El nuevo humanismo es la actitud vital basada en una concepción integral de los valores humanos

Hubo un tiempo en que la religión menoscabó al hombre profundamente al afirmar que este venía del barro, del polvo, y sosteniendo que estaba marcado por el pecado original. Las religiones exaltaban a Dios por encima de todas las cosas; un Dios distante, hierático, juez, castigador o todopoderoso..., siendo totalmente un sacrilegio que el hombre pudiera aspirar a la Divinidad o unirse con ella. En nombre de la religión se han cometido auténticas atrocidades contra la humanidad debido a esta concepción de que el hombre ‘viene de la nada’.

Con el Renacimiento en el siglo XVI y más tarde también con la Ilustración del siglo XVIII se da un humanismo antropocéntrico en el que el hombre es el máximo valor y la Divinidad queda olvidada, lo que da lugar al racionalismo y al ateísmo. Esta nueva concepción del hombre incentivó la industrialización y el desarrollo económico, y lo material comenzó a ser más importante que el mismo hombre.

En el primer caso, se prefiere a la Divinidad en perjuicio del hombre. En el segundo, al hombre en perjuicio de la Divinidad. Para los ateos, Dios es nada; el hombre lo es todo. Para los teólogos, el hombre no es nada; Dios lo es todo. No faltan en el mundo de la filosofía premisas como la de que de Hobbes, o la teoría nihilista y extremadamente elitista del Superhombre de Nietzsche..., teorías evolucionistas que hablan de la supervivencia del más fuerte y que están basadas en la ‘evolución’ de Darwin.  

Sin embargo, todo esto se vuelve extremadamente peligroso cuando se aplica a la ciencia, a las nuevas tecnologías o a la medicina. El mayor ejemplo lo podemos ver cuando al final del siglo XIX un grupo de científicos americanos idearon la mejora biológica del linaje humano o eugenesia. Esta idea fue cogida por los fascismos y nazismos, dándose como resultado los mayores genocidios de la historia. Siempre se obtienen unos resultados horribles cuando una patria, un imperio o una raza son más importantes que el valor individual del hombre

Y estos resultados se han podido observar a través de la auténtica deshumanización o transhumanización que ha tenido lugar a lo largo de todo el siglo XX: guerras, genocidios, odio, cabezas nucleares, bombas atómicas, persecuciones y un triste y largo etcétera. Esta deshumanización sigue creciendo en el momento actual; puede ser muy sutil en algunos aspectos y totalmente evidente en otros. 

La nueva espiritualidad cátara quiere recuperar el Humanismo Arquetípico, donde el todo no es Dios ni tampoco el hombre, sino donde lo importante es regresar a la conciencia universal de que en el hombre vive la plenitud de la Divinidad.

El siglo de la religión y el ateísmo se han acabado. Ambos extremos se juntan. La contradicción irresoluble se resuelve en el Nuevo Humanismo. Su principio fundamental es que la Divinidad no está en un lugar en el tiempo y en el espacio ¡sino únicamente en el hombre! 


Se trata de la divinización del hombre, en que el hombre es el valor más alto, ya que en él habita la plenitud de la Divinidad que ha tomado apariencia humana. Así, el Nuevo Humanismo es un movimiento espiritual, la ideología espiritual más alta, que suma los logros de todas las religiones mundiales.

El idioma del mal en verdad no tiene ninguna fuerza. Si se aprende a vencer en lo interior con la bondad desbordante, el hombre se hace mil veces más bondadoso que antes. 

La verdadera revolución se da primeramente en el interior de la persona; solo entonces tiene su reflejo en lo exterior. En verdad, de la vida de un solo hombre depende todo el mundo. Un solo ser humano puede cambiar el destino del mundo. Tanto vale la vida del ser humano. 

No hay riqueza equiparable con el tesoro que supone una sola alma.

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