LA BONDAD


En todos aquellos lugares donde floreció la buena gente, se vivió en sociedades adelantadas a su tiempo, con una prosperidad material y espiritual que no conocían sociedades feudales vecinas.

Eran guiados y protegidos por principios del buen univérsum, tales como la bondad sin límites, el amor sagrado, la pureza perfecta, la paz eterna, la fraternidad transparente, la sabiduría superante, la alegría sincera, la libertad plena y el servicio desinteresado.

Actualmente comprendemos la espiritualidad original que ha estado presente por toda la tierra. Es un modo de vida, una forma de ser y una forma de concebir el mundo y convivir en él.

Esta espiritualidad es ajena al dogmatismo y a la rutina ritualista, no tiene vinculación con las diferentes instituciones religiosas así como tampoco se refiere únicamente con el movimiento que tuvo lugar en un periodo limitado e histórico del pasado.

Su base estaba formada por la certeza absoluta de que la divinidad reside en el interior del hombre y que el hombre en su esencia es bueno.

Podemos oír perfectamente el eco de su voz en los arquetipos originales de los pueblos y culturas grabados en leyendas y poemas. Así fue en la Babilonia antigua, Grecia, Egipto y la Atlántida legendaria (entre muchos otros), que dejaron una memoria en la cultura de la Hélade. Así fue en la vida de Buda, Zoroastro, Mahoma, Maní, del mismo Cristo, y de miles de cristos y teoengendradoras que han estado en la tierra..

El origen de esta espiritualidad es más antiguo que esta civilización actual.

En su momento la cultura de la bondad hizo una grandísima contribución a la cultura europea, cimentaron las bases de sus logros más eminentes: Ramón Llull, Leonardo da Vinci, Miguel de Cervantes, Shakespeare, Voltaire o Beethoven son algunos de sus representantes más brillantes.

Uno de los últimos perfectos cátaros que fueron llevados a la hoguera, Guillem de Bélibaste, el año 1321 formuló la profecía:

Dentro de 700 años el laurel reverdecerá. 

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